11 Feb 2017 Mi caramelo


 Fueron muchas horas de viaje hacia el norte; Chihuahua fue mi destino. Al bajar del bus estiro las piernas, veinticuatro horas de viaje son un día perdido, toda pesa no tanto como los brazos o el cuello parcialmente entumido. Recojo mi mochila inconfundiblemente roja, la ajusto a mi espalda y retomo el viaje que inicié. Es una ciudad nueva, la rutina es la misma, salir, ubicarse, encontrar transporte y donde quedarse, si es en el centro mejor, aunque notablemente mucho más caro. Me apremia otra urgencia.


Encontrarte.


 Camino sin un aparente rumbo fijo, te llevo en la mente y eso parece bastar para encontrarte. Los recuerdos de algunas charlas me guían, la nevería donde te rompieron el corazón, las tiendas frente a las que paseas los domingos y el callejón infame que te bautizo con el feo apodo que tanto odias. 

  Veo al sol irse y dejarme a mi suerte y no puedo más que confiar en mi corazón y lo que me dice, “Sigue caminando, estas cerca” me doy un gran voto de fe, siento el frío calar en mis pies, lo vale y quiero estar contigo o morir.

 Entrada la noche doblo a la derecha en una calle, de inmediato distingo un muro azul cielo con rejas blancas ¡Es aquí! Lo sé, puedo sentirlo. Me siento nervioso, tiemblan un poco las manos, esos últimos pasos que me faltan parecen eternos. Quiero correr y reducir la distancia. Más que nunca tengo la certeza de que eres tú, solo tú; siempre lo has sido, salvo que ahora un poco tarde lo entiendo. Este viaje lo debí hacer años atrás.
  Abro la reja sin dificultad, no anuncio mi llegada, nunca lo hice y ahora no será diferente, bien puedo no encontrar a nadie, lo sé y ya no importa. La impaciencia me devora por dentro comienza a consumirme, el desasosiego invade mi corazón, suspiro intentando mantener el aliento lo más que puedo, siento hambre y cansancio, miedo le llaman. Hay una luna hermosa que guio gran parte de mi camino, ahora oculta por unas nubes negras, el viento gélido les acompaña. Lo último que necesitaba era llamar la atención, la gente suele ser muy poco comprensible cuando ven luces en el panteón después de que oscurece.
 Uso mi linterna solo para leer bien los nombres. No estas por aquí. 

 Buscar y desesperar tiene una relación muy estrecha, el silencio y las siluetas que me miran desde las sombras comienzan a ser más que aterradoras, compasivas. Finalmente encuentro la tumba. Rodeada de arbustos, descuidada.

-¿Hace cuánto que no vienen a verte querida? ...perdóname… Pasaron muchos años y durante algunos dejé de pensarte. Otras veces aparecías en algún recuerdo y sonreía. ¡¿Por qué nunca me dijiste de tu enfermedad?!
Hice las cuentas, ya la tenías cuando nos conocimos, jamás te traté diferente, nada hubiera cambiado. Mentira. Todo habría sido distinto. Hubiera dado mi vida por verte sonreír, inclusive hubiera sido menos idiota para con nosotros, hubiera estado contigo…hubiera…

Tardé 20 minutos en dominarme y recobrar la compostura. Sé que eran lágrimas las que estaban rodando por mis mejillas, el viento se encargó de enfriarlas así que cada una de las siete dolió. Eventualmente la vista volvió a aclararse una escarcha blanca nos rodea. Limpio la lápida y esa fea cruz que te pusieron encima. Pienso en arrancarla, luego pienso en todo lo que me perdí. Quizá creíste hacia el final…


-Lo siento. No sabes cuánto.

Siento que vuelven a brotar. Esta ocasión las resisto como un toro bufando y moviendo la cabeza de un lado a otro. Funciona. 

-Qué linda que estás… sos un caramelo, te veo en el recreo y me vuelvo loco. Todas las cosas que me gustan, tiene tu cara y espero los asaltos, así juego a la botellita con vooos, mi bomboncito…



 El resto es un silbido que me acompaña la noche.
Por la mañana regreso a la estación.
Veinticuatro horas después regreso a casa a ver a mi esposa e hijos, deben estar preocupados. 

 

 

Escrito por @kofhy

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